El pasado mes de febrero de 2026 el río Tormes alcanzó un caudal difícil de recordar, incluso para nuestros mayores, que ya han visto unas cuantas avenidas. A lo largo de todo el curso fluvial, desde los tramos altos allá en las montañas, se sucedieron episodios de anegamiento de riberas e infraestructuras, con consecuencias todavía visibles hoy en muchos municipios tormesinos de nuestra provincia. Durante varios días y, al menos, en dos grandes crecidas, buena parte de la Ribera Grande en la margen derecha y de El Cachón, en la margen izquierda, quedaron cubiertos por el agua.
Los efectos de la riada, además de alterar la vida de vecinos y comunidades y de multiplicar las incidencias comunicadas a los seguros, dejaron tras de sí un auténtico mar invisible de suciedad. En las semanas posteriores, aprovechando algunos paseos por las riberas recién oreadas, fuimos descubriendo —y recogiendo— entre la escasa vegetación invernal todo tipo de residuos y enseres, cada cual más sorprendente.
Llama especialmente la atención la aparición de residuos relativamente antiguos, de productos que ya ni siquiera existen en el mercado; algunos restos eran tan misteriosos que casi merecían una excavación arqueológica. Botellas, recipientes y contenedores de todos los tamaños y colores son los hallazgos más habituales, tanto de plástico como, incluso, de vidrio. Otros residuos, en cambio, son tan recientes que probablemente aún estén esperando comprador en las estanterías del supermercado (cervezas, refrescos…).

En nuestra margen derecha, los remansos que el río creó de manera excepcional durante unos pocos días acabaron convertidos en improvisados “aparcamientos” de miles de bastoncillos de plástico, mezclados con espigas, palitos y pequeñas maderas. Más adentro, entre montañas de troncos y ramas —generalmente procedentes de chopos y de cortas río arriba—, aparecían zapatos, bidones o bolsas de plástico, como si el río hubiera decidido organizar una extraña exposición de objetos perdidos.
Pero tras cada crecida vuelve a escucharse el mismo debate: “hay que limpiar las riberas”. Una propuesta que, sin embargo, ni evita las riadas ni reduce realmente sus efectos. Relacionar una cosa con la otra es olvidar, en primer lugar, a las miles de bocas hambrientas —y sobre todo sedientas— que durante siglos bajaban al río a pastar, beber y reponer fuerzas. Porque conviene recordar algo: antes de las motosierras ya existían excelentes “brigadas de limpieza” con cuatro patas. Además, es un discurso que desvía el foco de una cuestión de ubicuidad en las infraestructuras y, a veces, sirve para repartir culpas con demasiada ligereza hacia las confederaciones, según determinados ayuntamientos y afinidades políticas.

Por eso, resulta ingenuo pensar que unas riberas “limpias” impiden las riadas o que la solución pasa por desbrozarlas a “corta a hecho”. La realidad es que el verdadero elemento regulador y, en muchos casos, también devastador de las riberas, el ganado, prácticamente ha desaparecido de nuestro modo de vida. No obstante, ¿qué queremos limpiar exactamente? ¿Los bosques de ribera o de galería necesarios para albergar biodiversidad y garantizar los filtros y servicios ecosistémicos de un sistema complejo como es un río?
Conviene pensarlo despacio…
Con las crecidas y el debate público estamos obviando dos cuestiones importantes. La primera, que la vida vegetal y el propio soporte ecosistémico acaban convirtiéndose injustamente en “suciedad”. La segunda, que la verdadera suciedad de las riberas pasa muchas veces completamente desapercibida. Si queréis comprobarlo, aquí tenéis una pequeña muestra de los residuos recogidos en apenas 200 metros de ribera en el término municipal de Juzbado.
¿Qué habrá aguas abajo?
¿Qué habrá ya en el fondo del mar?



Deja una respuesta